
Cuando su nombre en la
sombra,
en la orfandad que
fraguó las resonancias,
cuando el silencio sopló sobre sus
ojos la conciencia en la
celda en el
destierro el
ánima y la niña lloviendo
en los colores de una foto,
la cruz de la palabra,
la mirada dispersa sobre
el suelo, la herida en la esencia de
la letra
en el pulso
en la carpeta escolar
en el rodar por el mundo de
su pueblo
las ciudades invisibles de Calvino el
grito mudo
la ensoñada
el crepúsculo
la estatua
el vino en los frágiles vasos.
Cuando estuvo en la
tarima duplicada en la
flor de saberse y de vestirse
en la lucha
en la cuchara del pueblo
en la pequeña multitud inmensa
bendita negritud de
pies al suelo y marcha presurosa.
Cuando ella brotó ante
las miradas y el fuego
la moldeó sinuosa en
la hermosura de las
luces dolientes
solitarias
opacadas en
el rimel de una lágrima
Cuando se puso el sombrero y
contemplaba celestes
diáfanos los cielos en la
bruma
en el adiós
en la certeza de sangres y
hubo en los pies y
las manos y la boca
impulsos de siesta lujuriosa.
Cuando se tuvo en las
nueve lunas y en la
espera de nacerse y
en el germen primero.
Ya la amaba.
Cierto
irremediable
desbocado
desde siempre la amaba hasta el
dolor y su alegría contagiosa
hasta el goce de las
yuntas furibundas.
Yo la amaba.
Hasta el todo de
todo lo que existe,
hasta la risa,
hasta el llanto,
hasta la muerte
Hugo Celati (2010) (imagen: Gustav Klimt)